Ella ha estado viéndome desde el mar desde que soy niño.
La recuerdo mirando el atardecer, ya con el agua hasta las rodillas. Volteaba a verme, me saludaba y comenzaba a caminar mar adentro hasta sumergirse por completo.
La volví a ver cuando era adolescente, bebiendo con amigos en la playa, y tras disociarme de la conversación la vi: mirándome, saludándome y partiendo. Una parte de mí quiso acompañarla, pero mi pensamiento fue interrumpido por mis acompañantes.
Volvimos a cruzar miradas luego de perder mi primer empleo importante. Fui solo aquel día; la vi desde mi carro. Salí a buscarla. Tropezando en el camino, la perdí de vista por un instante y ya no estaba.
Mi terapeuta me aconsejó dejar de ir a la playa, pero todo niño tiene derecho a jugar en la arena. Llevé a mi hija, y cuando pensé que había terminado el día —ya en la oscuridad y regresando a la orilla a buscar un juguete perdido— la vi.
Sus ojos brillaban con la luz de la luna. Me saludó y comenzó a irse. Fue mi esposa quien me detuvo de entrar al agua.
Esa noche tuvimos nuestra primera pelea, pero no la última. Tal vez era una sola y gran pelea con pausas. Entendía que se preocupaba, pero ella no me entendía. Nunca lo hizo.
Y ahora la estoy viendo de nuevo. Cansado de fingir una sonrisa que ya ni siquiera noto, crucé miradas con ella y sonreí genuinamente. Hoy no hay nadie para detenerme, así que la seguí.
A veces, cuando entro en el agua, avanzo imitando su andar. Se mueve como si el agua no le pesara, pero a mí me cuesta tanto alcanzarla. Siento que siempre ha sido así: ella mirándome de lejos y yo corriendo tras de ella.
Toda mi vida la he estado persiguiendo, y ella solo se despide.
No tardo en comenzar a tragar más agua que aire.
Ella siempre cocinaba así, salado.
Intento llamarla, pero no es más que un balbuceo.
Ella nunca me enseñó a nadar.
Mis ojos arden y me fuerzo a abrirlos.
Ella siempre me miró así, con tristeza.
Me está viendo, está en el agua conmigo.
¿Por qué en vida nunca me pudo dar un abrazo como este?
Es tan duro que duele. No puedo soltarla.
Su cabello se enreda en mí.
Me falta el aire.
Ella me sonríe por última vez.
—
Los funerales de suicidas son particularmente mórbidos.
Siempre hay una pregunta latente, y aunque hubiera una respuesta, no suele ser satisfactoria.
Decidieron regar sus cenizas en el mar. Algunos lo tacharon de mórbido.
Su esposa argumentó: «Ella siempre lo llamó, es donde él quería estar».
Nadie se opuso, solo la juzgaron.
Entre las lágrimas y las cenizas volando en el aire, su pequeña hija miró al horizonte y lo vio.
Mirando el atardecer, con el agua hasta sus rodillas.
Volteó a verla su padre con una amplia sonrisa, la saludó y comenzó a caminar mar adentro.
Hasta sumergirse por completo.
Por Max Demian Z.S.

