Juan Manuel no podía soportar más. La rutina del trabajo se había convertido en una pesadilla. Apenas entraba a la oficina, espiaba el reloj para calcular cuánto tiempo faltaba para salir. Lo único que lo mantenía allí era la esperanza de convertirse en supervisor y aumentar su salario casi al doble. Así que cuando nombraron supervisor a Sofía Zaragoza. Comprendió que nunca iba a ascender.
Juan Manuel salió del edificio y caminó un rato por las calles del centro de la ciudad. Pasó por una agencia de viajes y se quedó en la vitrina, atrapado por un cartel que presentaba una estampa de la Playa de Myrtos en Cefalonia, Islas Jónicas: una arena clarísima y un cielo tan azul que daba ganas de llorar.
“No sólo leas las leyendas: ¡Vívelas!” decía el cartel. “Date una oportunidad”.
Llegando a su departamento, abrió la aplicación del banco y consultó el saldo de sus inversiones. Se sorprendió a ver que sus ganancias estaban muy por encima de lo que intuia. “¿Y si me doy unas vacaciones prolongadas?”, pensó.
Al día siguiente tramitó las vacaciones que le correspondían: resultaron ser de un mes. Regresó a la agencia de viajes y compró un tour por las islas griegas. Siempre había tenido la ilusión de conocer los lugares que visitó Odiseo: Troya, la Tierra de los Cíclopes, la Isla de Eolo, la Isla de Circe…
Cuando llegó al Monte Circeo —que no es una isla, en realidad, pero
lo parece, por las marismas que lo rodean—, entabló conversación con una simpática nativa que sabía de memoria la Odisea. Hablaron de los mares, de los lestragones, de las sirenas, de los cíclopes. Para cuando se dio cuenta, empezaba a anochecer y no había reservado alojamiento.
—No te angusties —lo consoló Daria, como dijo llamarse la chica—, mi familia tiene una posada y hay lugar disponible. ¡Vamos!.
Siguieron hablando todo el camino, y toda la cena, y toda la noche, hasta que quedaron dormidos en la misma cama. Cuando despertó quiso levantarse, pero no pudo. Quiso caminar, pero sólo podía hacerlo en cuatro patas. Vio el reflejo de su imagen en el vidrio de la puerta y sólo pudo emitir un “oinc” de sorpresa.
Por René Pinet Plasencia

