Cansada estaba
de tanto paseo,
la Catrina andaba
de pesero en pesero.
De ofrenda en ofrenda
recorría la senda,
de tributo en tributo
comíase un fruto.
Hasta que llegó a la esquina
de la calle Blancarte,
llena de cafeína,
escritura y arte.
Como cada lunes,
una mesa ocupada
de sus escribas virtudes
quedó fascinada.
Tomóse un asiento,
robando el aliento
de Max que explicaba
que el tiempo acababa.
Amanda, listilla,
hizo caso omiso,
y picó la costilla
de Diego, bromiso.
Quedóse tartamudo
Leonel, que seguía,
leyó como pudo,
de los nervios reía.
—Lean, amigos, no temáis,
si me gusta lo que escucho,
esta noche os salvaréis
de seguir al chucho.
¡Aplausos, aplausos!,
brindó la Catrina.
¡Abrazos, abrazos!,
de fiesta en la esquina.
Alberto, más tranquilo,
con la lectura siguió,
y con su texto corrido
esa noche salió.
Faltaban tres cuentos
y el tiempo avanzaba,
quizás por extensos
Javier no alcanzaba.
Andrea, distraída,
el paso apuró,
narrando la herida
que un santo curó.
Mientras ganaba la risa
a la pobre Catrina,
que leía clandestina
lo que Iory refina.
El señor René
su cuento colaba,
y con buen atiné
a Jack encantaba.
Cerrando la noche,
la historia de Franco,
que esconde en un coche
a un mago con sanco.
¡Aplausos, aplausos!,
nos dio la Catrina,
que regresar dispuso
como su nueva rutina.
Por Tatt Spinosa

