Una serie de tragedias me había sumido en depresión hacía meses.
—Estás muy joven para estar así, mijo —dijo mi madre mientras abría las cortinas que me separaban del tiempo, sin saber si era de noche o de día allá afuera.
Mi madre, baby boomer, no entendía nada. Mi fragilidad millennial, o más bien la saturación de estímulos a los que nuestros padres nunca fueron expuestos, aunada a una serie de crisis económicas que dejaron a mi generación sin seguridad social, era la fórmula perfecta para hacerme sentir que no valía nada en este mundo.
Era ahí, postrado y sin moverme, cuando un día escuché que mi gato me decía, ahí quieto al pie de mi cama: «Vete al Sur».
Acto seguido, salió brincando fuera del cuarto.
Este suceso, más que impulsarme a cambiar mi status quo, plantó en mi cabeza la idea aterradora de estar volviéndome loco. Y esa misma noche preparé mis cosas para irme por la península.
A la madrugada siguiente, monté mis cosas en el carro: unos cuantos calzones, un par de pantalones, mi cámara llena de polvo, tablas para surfear, wet suit y mi equipo de snorkel. Saqué de la alacena unas cuantas barritas energéticas, manzanas y latas de atún. Ya sea por el insomnio de la menopausia o por el ruidajo que estaba haciendo en la cocina, salió mi madre en bata y me miró con los ojos a medio abrir.
—Ma, me voy de viaje. Lo he decidido anoche —dije mientras seguía saqueando su alacena y sin voltearla a ver.
Ella me miró perpleja, tallándose los ojos mientras fruncía el ceño, y me dijo con voz ronca:
—Chamaco pendejo, ¿cómo te vas a ir?
Su tono iba subiendo con cada palabra, así como su conciencia iba despertando, y continuó:
—Ni has planeado las cosas, ni sabes cada cuánto vas a encontrar una gasolinera en el camino. No es como la ciudad, Guillermo Adrián Cota Villavicencio —exclamó, como para darle seriedad al asunto, y continuó—: Estas cosas se planean bien. Valgame chingadera, aplastado ahí por meses hasta surco le hiciste al sillón, y ahora resulta que te largas. ¡No, no, no, no, no! ¡Estás pero si bien mal!
Yo, que seguía buscando qué llevarme de su despensa y sin voltearla a ver, le contesté con tono relajado:
—Ya, ama. Voy a ir siguiendo la navegación del teléfono y en el camino veo qué onda. Ya, viejilla, nomás dame la bendición, ándale, para poder irme en paz.
Mi madre, acostumbrada a mis arranques, no tuvo otro remedio que soltar un suspiro exasperado y persignarme.
Mi viaje inició muy bien y, según los cálculos, yo tardaría trece horas en llegar, así que decidí repartirlo en cuatro días para poder parar por las misiones, tomar fotos y disfrutar la comida en el camino. El alba despuntaba cuando pasaba el puente de las Ánimas por el Ejido Uruapan, donde pasé kilómetros enteros de viñedos. Las uvas enverdecían el terreno árido que lo rodeaba; era realmente hermoso. Me imaginé paseando por Piamonte, en Italia, bebiendo vino y comiendo pizza, escapando en mi mente de este lugar que tanto daño me había hecho.
Pensaba en la locura que cometía, pero pensaba más en la locura que era que mi gato me hubiera hablado. Entonces intentaba ya no pensar y me sumí en el camino: en los valles áridos, en los pueblos al pie de la carretera transpeninsular, planos, con calles de tierra.
En eso llegué a San Vicente y bajé hacia la misión de San Vicente Ferrer. En realidad es una construcción que está casi completamente destruida, legado de los dominicos que llegaron a evangelizar a los nativos pai pai.
Recuerdo haber leído al respecto en mi clase de Historia de Baja California, pero en la secundaria poco me importaba la historia; yo solo pensaba en jugar fútbol. Tomé algunas fotos y, así, seguí mi camino, no sin antes parar a un puesto de birria que había en el pueblo, justo en el sobre ruedas. Me negaba a profundizar en las acciones tan drásticas que había tomado y en mis arrebatos.
Me tomaba el consomé con calma mientras seguía estudiando el camino, cosa que fui haciendo todo el viaje, por lo que decidí que mi próxima parada sería San Quintín.
San Quintín era un pueblo casi ciudad, y ahí me paré a comer hot dogs y busqué un motel de paso donde quedarme. Sin más complicaciones, pasé la noche ahí y me desperté muy temprano. Compré unos burritos para comérmelos en el camino y me fui a la Misión del Rosario.
Al llegar a la misión, anoté mi nombre en el libro de visitas mientras revisaba las entradas, que eran menos de cien en un lapso de cuatro años, y me dio la impresión de que el tiempo en ese lugar se detenía. Me sentía presente, cosa que no había sentido en meses, ya que vivía con entereza en el pasado. Aún así, la sombra que me perseguía tiempo atrás seguía ahí, furtiva.
Después del Rosario, me di cuenta de que las gasolineras comenzaban a aparecer en menor medida por la carretera y recordé lo que me había dicho mi madre. Por lo que pensé en llenar el tanque una vez que llegara a la mitad y, de esa manera, no correr ningún riesgo. O al menos eso pensé.
Cuando pasé por Cataviña, decidí recorrer el oasis en busca de sus pinturas rupestres. Me impresionaba pensar en los primeros hombres que habitaban estas tierras, estos terrenos tan mágicos de formas y colores cada vez más diferentes. Que caminaron kilómetros hasta llegar a este paraíso surreal con agua en medio del desierto. Al ver los dibujos plasmados, intentaba descifrar qué era lo que querían decirme. Me sentía sumido en las vidas de aquellos hombres y, dentro de mí, se encendía algo, pero no lograba darle nombre; era una fuerza que iba naciendo al pisar esta tierra. Me cayó la tarde y busqué dónde quedarme, un hotel modesto que me permitió descansar lo suficiente.
Esta era mi segunda noche en el viaje, y desde que inicié noté cómo mi sueño era cada vez más profundo. Me sentí aliviado después de haber pasado incontables noches de insomnio; al parecer, mi mente finalmente acallaba.
Pasé por el Valle de los Cirios y bajé a tomar algunas fotos. Me paré en medio de la carretera y abrí mis brazos al cielo. Estaba en el desierto y el único rastro humano era el asfalto. Me tomó por sorpresa encontrarme tan acompañado en esa soledad.
Seguí mi camino directo hasta llegar a San Ignacio y ahí llené el tanque de gasolina. El mapa me indicaba que el camino era el que se dirigía a la Laguna de San Ignacio. Así, sin pensarlo, seguí la navegación hacia un camino de terracería. El camino era bastante rudo y con piedras que me hicieron dudar de mis decisiones, pero que finalmente logré pasar.
Pasaron un par de horas y me di cuenta de que el camino estaba totalmente desolado y no había encontrado ningún otro viajero a mi paso.
Llegué a los Salitrales, donde a simple vista se veía la tierra suelta, pero que empeoró al entrar en ella. Viendo que me estaba atascando, intenté maniobrar mi auto para salir de ahí, pero era demasiado tarde y entré en pánico. Pisé el acelerador y sentí cómo de un golpe me hundía cada vez más. Abrí la puerta y salí disparado. Era mediodía y el calor arreciaba.
Busqué entre mis cosas y, tras mi poca preparación, lo único que pude hacer es tomar una aleta que llevaba en mi equipo y tratar de desenterrar las llantas. Intenté mantener mi mente positiva, pero las lágrimas me corrían con abundancia por el rostro. Comencé a pensar en las palabras de mi madre, arrepentido de no haberme preparado.
Me sentía exhausto y me di cuenta de que solo tenía conmigo no más de un litro de agua. Aunque intentaba guardar la calma, pensaba en lo grave de mi situación. La tarde caía, por lo que decidí hacer mi campamento ahí. Extendí mi casa de campaña y abrí una lata de atún que sería mi cena.
Al día siguiente, desperté de un sueño ligero porque el peso de mi mente no me dejó descansar. Me comí una barrita y tomé algo de agua. «Agua», pensé con severidad. Eso era lo que más me preocupaba. Me quedaba solo un cuarto de botella y ni siquiera había sido capaz de desenterrar media llanta. Vivía con la esperanza de que en cualquier momento un carro pasaría y saldría de mi problema, pero eso no sucedía.
Así pasaron tres días y nadie había llegado a mi rescate. Mi teléfono no captaba señal y decidí que mi mejor opción era quedarme sentado ahí esperando. Solo me quedaban dos barras energéticas y nada de agua desde el segundo día. La boca se me había secado, y comencé a beber mi orina.
Seguía intentando desenterrar mis llantas, tratando de hacer el menor esfuerzo posible, pero la arena seguía colándose y no parecía mejorar ni un poco.
El desierto es silencioso y sus noches estrelladas, un espectáculo como nunca antes había presenciado en mi vida. Ver las estrellas tan brillantes y la inmensidad del cielo me hacían sentir pequeño, me reducían a un átomo.
Todo lo que era antes ya no era entonces. Nada importaba: ni mi desempleo, ni todos mis fracasos. Quedé reducido a mi mera existencia, un chiste mal contado de lo irónica que es la vida. Eran las noches las que consolaban mi alma. Me sentía de verdad perdido y el pánico me abrumaba. Sabía que no resistiría un par de días más sin agua. Podría resistir el hambre, pero mi cuerpo no resistiría la sed.
A la mañana siguiente, sentí cómo el calor rozaba mi piel más aún que los días anteriores. Volteaba hacia todas direcciones y veía agua a lo lejos. Intentaba racionalizar esa idea absurda y me decía que eran espejismos, pero mi desesperación me provocó un par de veces querer caminar hacia el horizonte. Estaba alucinando y, en ese frenesí, comencé a ver mi vida en instantes, como una película, y cada minuto que pasaba las ganas de aferrarme a ella eran más intensas, a permanecer en este mundo
Sollozaba y, aunque era tan profundo mi sentimiento, solo me salió una lágrima, lo cual me provocó más llanto al darme cuenta de que de mi cuerpo dejé escapar ese líquido vital. Me embargó la tristeza y pensé que ya no caminaría en esta tierra. Me prometí en ese momento que, de sobrevivir esta situación, aprovecharía mi vida y cada segundo que pasara en ella.
Amanecía y yo estaba agotado, salía y entraba en la inconsciencia. Fue en este estado somnoliento que la escuché. Venía bailando y, por su figura y sus movimientos, supe desde lejos que eran los de una mujer. Bailaba y, conforme se acercaba a mí, podía percibir su falda de yuca que le llegaba hasta los tobillos, sus cabellos largos y negros, y en las manos una jarra de barro. Se movía con ligereza; yo escuchaba los tambores de su ritmo y no podía comprender lo que estaba pasando.
—Estoy alucinando, ¡eso tiene que ser! —pensé para mis adentros.
Se arrodilló hasta mí y me dio de beber de una jarra de barro, lo cual me provocó toser; mi boca estaba tan seca que mi cuerpo se ahogaba. Así, me fue dando agua poco a poco. Ella me hablaba en un lenguaje extraño y yo comencé a decirle que me ayudara, que yo no quería morir.
Puso una sal gruesa en mi boca y siguió dándome agua. Me decía con señas que tomara. Pasaron horas y yo comencé a estabilizarme. Entonces ella comenzó a danzar junto a mí; sentía cómo sus movimientos provocaban en mí un sueño profundo al que poco a poco fui cediendo.
Desperté sintiendo que habían pasado días, y me di cuenta de que nuevamente estaba solo. Dudé de todo lo que había pasado y pensé que había sido un sueño, hasta que vi la jarra de agua justo a lado mío.
—Sí, pasó —me dije incrédulo.
Inmediatamente me levanté y, aún con el dolor de cabeza, me dirigí hacia el camino. Y en ese preciso momento alcancé a avistar un carro. Con las manos en el aire y las pocas fuerzas que me quedaban, pedí auxilio.
El carro se acercó a mí, pero manteniéndose al margen del salitral, por lo que decidí aproximarme. Era tan poca mi energía y tanto mi esfuerzo por pedir ayuda, que caí de rodillas. Pude ver a un hombre con lo que me parecía que era su familia: su mujer y dos niños. Todos se habían concentrado en mí; los niños pegaban sus caras a la ventana trasera, solamente viendo sin decir nada, hasta que el hombre rompió el silencio.
—Se quedó atascado —dijo con tono calmado y volteó hacia mi carro.
Atónito, abrí la boca y sentí las comisuras de mis labios partirse; en mi boca, el sabor metálico que al partirse mi piel había sangrado, y me di cuenta del estado tan frágil en el que me encontraba. Intentaba pronunciar las palabras, pero la garganta me dolía y solo pude articular un débil:
—S… Sí.
El hombre entonces salió de su vehículo y me sostuvo contra una llanta, intentando llevarme a la sombra. Sacó de su auto una cantimplora y comenzó a darme de beber en la boca. Roció de agua un paliacate verde que traía en la bolsa posterior del pantalón y me lo puso en la cabeza.
Yo empezaba a recuperarme y a recuperar los sentidos, y mi mente iba también recuperando la cordura. Mientras me bañaba con el pañuelo, el hombre comenzó a hablar:
—Pues qué te digo, morro… —me dijo en tono serio y paternal—. A cada rato los morillos vienen confiando en sus teléfonos y no se dan cuenta de la importancia que es hablar con las personas y pedir el consejo de un local —levantó la vista, mirándome a los ojos, y continuó diciendo—: Aquí los salitrales son engañosos, no se ven tan hondos, pero aguas con que no lo sepas maniobrar. El teléfono los manda por este camino, pero aunque está más largo, está mejor irse por el lado de Santa Rosalía, ya está casi todo pavimentado. A que le tiran, la neta.
Yo me sentía arrepentido, pero sobre todo estaba muy cansado y no tenía energía para tomar una actitud; me sentía indefenso. La regañada ya me la había puesto este desierto; me había sentado en mi lugar.
El hombre me ayudó a levantarme y, mientras yo me recargaba contra él, me dijo:
—Mira, vamos pal pueblo orita a hacer un mandado. Vente con nosotros y allá pedimos a la gente que te traiga tu carro. Tú no estás en condición para que vayas con el médico que te ponga un suero en la vena.
Me acomodó en la parte de atrás del carro y quedé en medio de los dos niños, que me miraban con curiosidad pero sin la menor idea de la severidad de mi estado. Me di cuenta de que probablemente yo no era la primera ni la única persona a la que esta familia había ayudado.
El hombre se subió al carro y, tras cerrar la puerta, me dijo:
—Me llamo Antonio Amador, y esta es mi esposa Marichuy, y mis dos hijos Cristián y Alfredo.
Acto seguido, encendió el carro, metió la primera y, antes de andar, se detuvo y me dijo viéndome fijamente por el retrovisor:
—¿La viste, vea’? —dijo sin desviar la mirada.
En ese momento, sentí cómo mi piel se encrespaba y un escalofrío me recorrió la espalda. Abrí los ojos sorprendido. No podía creer que el hombre sabía que yo me había topado con esa visión y me hablaba de ella como algo tangible.
¿Dónde estaba? ¿Era una mujer del pueblo? Nada tenía sentido, nada podría responder a mis preguntas, y mantuve mi silencio. A lo mejor yo no quería saber.
Al ver que no respondía, él prosiguió:
—¡Pues te salvó la vida, loco! Agradece la suerte que tienes, porque no a cualquiera. —Y cuando terminó de decirlo, echó a andar el carro.
Ese día dejó plasmado en mí algo imborrable. Volví siendo otro, me veía más alto, más fuerte, y yo lo sentía en cada célula dentro de mí, en mi corazón, en mi espíritu. La supervivencia en contra de toda probabilidad es un superpoder, una combinación entre magia, suerte y ganas de seguir.
Pensaba en aquella mujer. ¿Acaso ella sería un ancestro lejano, de esos parientes que tengo en el sur? ¿Por qué a mí, por qué yo? Mi presencia por el mundo se fortaleció, mis pasos se volvieron más firmes. Aún conservo la jarra de barro; me recuerda al que fui, al que vio la muerte de frente y que pudo cambiar de piel para lograr mi presente.
Desde ese entonces, he puesto toda mi energía y mi vida en proteger estas tierras. Le he dedicado mi tiempo y soy su protector. Soy parte de organizaciones dedicadas a la protección del ambiente de estos territorios; soy su guardián, la atesoro, la cuido y la amo. Puedo decir que hoy la península es en mí como yo soy de ella: infinita, basta y pura.
Por Sam Ayor

