Estaba helado, confundido, iluminado bajo un único poste de luz. Caminé entre la gruesa nieve, a paso difícil, y de alguna manera encontré el camino a casa.
Saboreaba el estofado caliente de mi madre; tanto que casi podía olerlo. Fue cuando intenté abrir la puerta de entrada que me di cuenta de que no tenía las llaves.
Cruzar por la ventana fue sencillo, pero algo estaba mal. La cocina era un desastre: platos amontonados, restos de comida en descomposición y moscas que zumbaban en mis oídos.
Rápidamente fui a la sala y me detuve de golpe.
Ahí los vi.
—¿Qué hicimos mal? —sollozaba mi madre entre llantos, mientras mi padre la consolaba en el sillón.
—¿Hola? ¿Qué sucedió? —exclamé débilmente, aunque ya lo sospechaba: ellos nunca me vieron entrar.
No podían verme ni escucharme.
Por más que gritara o pataleara, no podían percibirme.
Así que me detuve. Me quedé en silencio, en la oscura esquina de la sala, y solo observé.
Viví en la esquina, en las paredes, en los cuadros y debajo de los sillones. Probé todas las puertas, y todas estaban cerradas, excepto una, a la cual no me atrevía a acercarme.
A veces mi padre hablaba solo, como si supiera que yo estaba ahí.
—Seguimos hablando de ti —decía.
—Dios te bendiga, te extrañamos —me decía.
Mamá oraba por mí todas las noches. La escuchaba si pegaba la oreja a la puerta de su cuarto.
“¿Realmente les hice tanto daño?”, pensaba para mis adentros.
Finalmente, me atreví a entrar a mi cuarto. Después de todo, esa puerta nunca tuvo candado. Estaba tal como la dejé: cama destendida, papeles sueltos en el escritorio y mi diario escondido bajo la almohada.
Lo tomé con una mezcla de temor y perturbadora curiosidad, buscando una pista en un ahogado acto de desesperación.
Al leerlo, comprendí por fin. Mis propios escritos me recordaron que no todo era felicidad. Mi yo de entonces escribió con un dolor que me heló los huesos. Comprendí que esa tristeza no solo era similar a la de mis padres, sino que ya no era mía: pertenecía ahora solo a las páginas de ese diario.
Sin darme cuenta, ya había dolido a esa persona. Y mis padres estaban pasando por el mismo duelo.
Por eso me levanté y salí, dejando de embrujar la casa de mis padres.
DiegoWashed

