He tenido muchos nombres.
Pero el que me acompañó más tiempo fue Max.
Tanto, que ya ningún otro me suena mío.
Soy un perro viejo. Cuando llegué a esta casa me probaron varios: “Pizza”, “Canela”, “Solovino”. Pero ninguno era yo.
El problema fue que uno de mis dueños también se llamaba Max.
A él no le gustaba nada la idea de compartir nombre conmigo.
Nunca lo entendí. Nadie en su casa lo llamaba así. Le decían “cariño”, “amor”, “papá”.
Las primeras semanas, cuando alguien gritaba “¡Max!”, los dos girábamos la cabeza.
Al final, decidieron llamarme “Max (perro)”.
Aunque a él nunca lo escuché ser llamado “Max (humano)”.
Pese al fastidio inicial, siempre me trató bien.
Era él quien me sacaba a pasear en las tardes. Caminábamos tanto que, al volver, ya no había sol.
No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, era como si conversara con otro humano. Quizá porque compartíamos nombre. Quizá porque yo ya no era cachorro.
Recuerdo una tarde, sentados viendo el cielo ponerse naranja. Me dijo:
—Sabes, a mí nunca me gustaron los atardeceres. Desde niño me traen mucha tristeza. Son la señal de que se acabó el tiempo. Pero contigo es distinto. Sufriste mucho antes de llegar con nosotros, pero te miro tan feliz caminando, y me enseñas que no todo tiene que ser una carrera. Sin pretensiones, ni metas. Que basta con estar. Gracias.
Desde que enfermó hablaba cada vez más conmigo; pero esa fue la primera vez que lo vi llorar sonriendo. A partir de esa tarde lo acompañé más. Hasta el último día.
Nunca pude decirle lo agradecido que estoy por rescatarme. Pero intenté mostrarlo quedándome a su lado.
Ahora sólo queda un Max en la casa.
Me siguen diciendo “Max (perro)”.
No me molesta. Ese nombre también es suyo.
Y esos atardeceres… siempre serán nuestros.
Max Demian

