Nuestra Loca Navidad

El gato en la bota de la chimenea, la estrella del pino en el horno, el pavo frente al televisor y el abuelo —creyendo que es Santa Claus— gritándole a Gerardo: “¿Dónde está el saco de regalos?”.
Todo en el instante en que abrí la puerta. La cerré de inmediato.

—Voy a entrar en 15 minutos, y quiero las cosas en orden —grité para regresar por donde vine.

Después de mi anuncio no solo caminé 15 minutos, sino que decidí tomarme 30 para recorrer el barrio.
Miré alrededor: las casas decoradas a la perfección, sin los pantalones de un niño colgando de las luces del exterior, ni un rey mago decapitado en el patio.

—¿Cómo rayos llegué a esto? —suspiré mientras me derrumbaba en la banqueta fría.

Todo lo que quería era una linda Navidad y, como siempre: se arruinó.
Cuando noté que el frío condensaba mi aliento y congelaba mis dedos, supe que era momento de terminar con esto. Me levanté y arrastré los pies hasta la entrada.

La desilusión solo caló más hondo al ver por la ventana. Mi abuelo ahora le gritaba al pavo porque “miraba las noticias”, mientras él quería ver Milagro en la calle 34; Gerardo buscaba el tostador, ignorando la estrella en el horno; y el gato seguía preso del calcetín.

Pegué la frente en la puerta, 1, 3 o 5 minutos, no lo sé, y finalmente entré.
Esta vez no dije nada, retenía mis lágrimas mientras sacaba la estrella del horno, bajaba el tostador del refrigerador y rescataba al gato del calcetín. Arreglaba todo sin pronunciar palabra. Lo único que dejé como estaba fue el pavo frente al televisor. No tenía ánimo para discutir con mi abuelo.

Cuando alguien lo notó, ya no estaba. Fue triste ver que Gerardo solo subió a buscarme cuando no supo dónde estaba el pan. Sabía que era un niño, pero los hermanos menores de mis amigos dan abrazos cuando ven a sus hermanos tristes; en cambio, el mío solo se suma al caos.

Pensaba en cómo Navidad tras Navidad estaba arruinada: pinos caídos, esferas rotas, un niño perdido y la crónica locura navideña de mi abuelo. Él generalmente es alguien cuerdo, pero tan pronto llega el 24, se vuelve un lunático, y no vuelve a sus cabales hasta terminar el 25.

El deseo de una Navidad normal me acompañó hasta dormir. Soñé con mi Navidad perfecta y, desgraciadamente, desperté por una voz.

—Alex, Alex —me llamaba el latoso de mi hermano.

—¿Qué? —respondí con la voz algo rota.

En respuesta dejó una caja de zapatos frente a mi cara, envuelta en papel de regalo arrugado. Cuando le pregunté qué era, solo sonrió respondiendo: “Tu regalo”. Me incorporé en mi cama para abrirlo.

El contenido me desconcertó: un pan tostado con forma de pino y otro de hombre de jengibre, una hoja doblada sobre sí misma y un piñón de pino con brillantina y un lazo, listo para colgar en el árbol.

—¿Qué es esto? —volví a cuestionar.

—Tu regalo, ¿no lo entiendes? O… —preguntó con preocupación— ¿no te gusta?

Traté de aclarar que no me había disgustado; solo me confundió el “regalo” en sí. La preocupación de su rostro se desvaneció mientras se sentaba a mi lado, señalando y explicando cada cosa.

El pan tostado era por las galletas que no pudimos hornear —otra vez—; el piñón era para sustituir el adorno que él rompió, y el papel me dijo que lo abriera por mi cuenta, porque era lo más importante.

La hoja era una foto de nuestra pequeña familia, con un: “Gracias por la Navidad más graciosa y divertida. Con cariño: Gero.”

Ese pequeño niño, con acceso a una impresora, pegamento y una tostadora, milagrosamente hizo que el estrés se desvaneciera. Me recordó que no era una Navidad perfecta ni totalmente feliz, pero seguía siendo nuestra.

Revolví su pelo, lo acompañé a la sala y nos sentamos con el pavo y el abuelo a ver “La Navidad de Tom y Jerry”. Según él, el gato decidió. No me quejé: mientras no destruyan la casa otra vez, puedo unirme a esta rara festividad.

Por La Caricatura Viviente: Jack

Nuestra caótica navidad