Un viaje sin fin

Cuando Ricardo Herrera despierta, sorprendido de no tener a Martha a su lado, ya está nevando. Había tenido la esperanza de contar con unos días más. Se incorpora dentro de la tienda y vacía su mochila para hacer un inventario. Tiene raciones para dos días, pero no ha tomado en cuenta la tormenta de nieve. Aun en condiciones ideales, el refugio queda a cuatro días de camino. Entre el frío, el racionamiento y la dificultad de avanzar, calcula que no llegará al refugio. Trata de desechar de su mente la imagen de Robert Scott, que llegó al Polo Sur en 1912 y fue atrapado por una tormenta al tratar de regresar. “No es lo mismo”, piensa, “A Scott le falló su personal, no siguió sus instrucciones”.

Entre la disyuntiva de salir o esperar rescate en la tienda, Ricardo se decide por lo primero. Recuerda entonces que tomó una pequeña bolsa que Martha le dejó poco antes de caer del acantilado. La abre y encuentra un celular. tiene un 5% de carga y sólo una barrita de conexión. Decide escribir un mensaje: Salí en dirección NE buscando un refugio.

Lo fecha y lo prende de la bolsa, esperando que el vivo color naranja de la carpa la haga fácil de ubicar para el equipo de rescate. No espera llegar al refugio, pero cree que puede acercarse lo suficiente a la antena como para usar el teléfono, que no ha vuelto a encender, para ahorrar batería. Selecciona con cuidado qué llevar, balanceando peso contra
necesidad. Ha avanzado un par de kilómetros cuando lo empieza a vencer el sueño.

Trata de mantenerse despierto invocando la imagen de Francisco de Orellana, ejecutado por los indígenas en el Amazonas: “No, yo no voy a terminar así, ya estoy cerca.” Trata de pensar en exploradores que hayan sobrevivido condiciones muy adversas: “Shackleton, Nordenskjöld, Gonzalo Guerrero.” Sueña con Fernando de Magallanes, que no pudo ver cómo su expedición circunnavegó el globo por primera vez. En duermevela, piensa que los viajes de Drake, Magallanes, Orellana, son en realidad un sólo viaje, un sólo libreto repetido sin fin a través del tiempo, con diferentes actores, en diferentes escenarios y fechas. Pero todos, como dice Espejel, después de morder el anzuelo.

De René Pinet Plasencia


1 Fabián Espejel: “Paso del Noroeste”, Antártida

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